8 dic. 2008

Sin ética no puede haber revolución (Guillermo Cortés Domínguez (*) )


No pude impedir el robo, aunque el chofer y su ayudante previnieron una y otra vez a los pasajeros que subiríamos al bus en la parada del Mercado “Roberto Huembes”, para viajar hacia la entonces fresca ciudad de Jinotega, sepultada bajo la bruma. Momentos después de haberme acomodado con placidez en el asiento, creyendo haber esquivado a los ladrones, busqué la cartera que sólo unos minutos antes me había pasado de una bolsa trasera a una delantera del pantalón, pero ya no estaba. Me la habían robado impunemente.

Varias oleadas de calor recorrieron mi rostro, abofeteándome, y una angustiosa sensación de humillación e impotencia se apoderó de mí. Es lo que siento ahora frente al dolor punzante por el asalto electoral que hemos sufrido los nicaragüenses.

La incómoda sensación ante el burdo despojo empeora por la rotunda certeza de que las autoridades gubernamentales jamás aceptarán un recuento transparente de las actas, mediante un procedimiento correcto y ante testigos idóneos, ambos aceptados por consenso, porque quienes fraguaron esta estupidez no quieren quedar en una mayor evidencia.

Sin recuento, al menos una buena parte de sus partidarios mal informados gozarán de la falsa ilusión de creer que ganaron de verdad los comicios. Quizás la salida sea, como plantearon los panaderos, realizar un referéndum, y que el pueblo escoja sí o no, sobre unas nuevas elecciones. Con otro Consejo Electoral, por supuesto, si ganara el sí.

Hemos sido testigos de las peores elecciones de la historia de Nicaragua. Las de 1947, donde por órdenes de Somoza los votos para el conservador Enoc Aguado fueron transferidos al candidato oficial Leonardo Argüello, se escudó en la falta de una cultura electoral, en el nulo desarrollo institucional y en un funcionamiento incipiente de los medios de comunicación masivos. Ahora, ante todo el país y el mundo, el Frente exhibió su falta de ética, desplegó sus antivalores, y a la transparente claridad de la luz pública cometió el impúdico robo, no importando que todo el mundo se diera cuenta.

No les importó nada, no tuvieron ningún cuidado, no les interesó esconder las plumas. ¡¿Para qué guardar las apariencias?! Campeó la desfachatez. ¿Era tan apremiante la situación que prefirieron desnudar su deshonestidad en una vitrina mundial?

Recuerdo que en una crucial y reñida elección de junta directiva de la Asamblea Nacional, el diputado Wálmaro Gutiérrez se levantó de su escaño y a la hora de la votación por la que saldría electo Edwin Castro, él no estaba, pero en su lugar, un colega suyo apretó el botón, lo cual está prohibido explícitamente por el reglamento del Poder Legislativo. Cuando Wálmaro regresó a su mullido asiento, el fallecido diputado de larga trayectoria diplomática, Alfonso Ortega Urbina, le preguntó si él había sido la persona que apretó el botón de su escaño, y el interpelado cínicamente respondió que sí, mintiendo con descaro ante todos los diputados, los invitados y los periodistas que cubrían la sesión para diferentes medios de comunicación. Semejante desparpajo me dejó asombrado (al ex canciller somocista y tío del actual presidente Daniel Ortega, le correspondió dirigir esa sesión especial, por ser el diputado de mayor de edad).

Después pregunté al legislador Wálmaro Gutiérrez por qué había mentido, y él me respondió con tranquilidad y firmeza: “Yo nunca haría algo que fuera en contra de mi partido”. Su respuesta me dejó estupefacto, por arbitraria, deshonesta, manipuladora e irresponsable.

Para comenzar, lo que dijo no es cierto, porque de serlo, no se habría ausentado de su escaño cuando su partido requería su voto de manera indispensable. Su ausencia le impediría dar su valioso apoyo para elegir al futuro Primer Secretario del Parlamento.

Lo que ocurrió es que, ante otras urgencias, el diputado del Frente abandonó su sillón, y no estuvo de regreso a tiempo para cuando se produjo la votación, con lo que, contrario a su respuesta, sí hizo algo que iba en contra de su organización partidaria, y en un momento en extremo delicado. Pero él no sólo no lo admitió, sino que lo negó, y lo escondió con su doble mal proceder: primero, haciendo que un colega suyo violentara los procedimientos para las votaciones en la Asamblea Nacional, al tocar el botón de un escaño que no le correspondía; y segundo, mintiendo en público desvergonzadamente.

Los experimentados periodistas de los diarios La Prensa (una mujer) y EL NUEVO DIARIO (un hombre) que cubrían la sesión, no registraron este insólito hecho en sus notas publicadas al día siguiente. Ellos sabrán por qué omitieron deliberadamente algo tan delicado que las audiencias tenían derecho a saber.

Este comportamiento de un militante del Frente, de un miembro prominente, pone al descubierto la pequeñez moral que guía las acciones de gran parte de sus dirigentes. El fin justifica los medios. Lo vimos con los paramilitares en las calles. No importa mentir, suplantar, manipular, amenazar, chantajear, intimidar, interferir, golpear, atropellar, destruir. No importa invertir los números de las actas, anteponer un palito a las cifras del Frente o anular votos. No importa cambiar las sumatorias municipales y departamentales de las actas. No importa que el Consejo Supremo Electoral no haya publicado todos los datos, todos los números de cada Junta Receptora de Votos, no importa que no sepamos, dos semanas después de los comicios, cuáles son las cuentas completas finales. ¡Qué importa! ¡Váyanse al Diablo todos!

La famosa “piñata” o apropiación deshonesta de masivos bienes estatales, realizada para su provecho personal por cuadros del Frente, tras la derrota electoral del año 90, en vísperas del traspaso de gobierno a doña Violeta Barrios viuda de Chamorro, fue como una bomba que minó los pilares morales de esta organización política. Pero no fue demolida por la implosión como las torres gemelas de Nueva York, al contrario, no sólo sobrevivió, sino que se desarrolló en la vorágine de la politiquería, en el llamado “pragmatismo”, vendiendo y comprando según conveniencias.

Ahora, con estos obscenos resultados de las elecciones municipales, todo resto de ética queda sepultado. No hay principios, sólo intereses.

Sobre cimientos plagados de deshonestidad y corrupción no se puede construir una revolución, como tampoco es posible revolución sin libertad. Esto no es retórica, es la experiencia histórica. No es cierto que el fin justifica los medios, más bien éstos determinarán la naturaleza buena o mala de lo que se obtenga.

El Frente dice que pretende una revolución socialista, pero no puede, no podrá, no tiene con qué, porque no cuenta con bases compactas y consistentes, ni con profundas fundaciones sólidas ni pilares fuertes y macizos, todos los cuales deben estar constituidos por valores.

La ética, las normas que nos dan la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, que determinan el respeto y la tolerancia, son el gran soporte de la libertad. Quienes fueron capaces de “piñatearse” bienes millonarios en 1990, y de desvalijarnos de votos en este 2008, no pueden ser revolucionarios, por más que se desgañiten en pretender serlo. Sin ética no puede haber revolución.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com

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