24 dic. 2008

Nos ha nacido un Redentor - ¡Felicidades!


Estamos a la víspera de una de las celebraciones más importantes del mundo cristiano: El nacimiento de Jesús – La Navidad. Hace aproximadamente dos mil años vino al mundo el hombre que habría de cambiar la historia, el que estableció el antes y el después en las eras de la humanidad, en nuestra forma de contar el tiempo.

Y la llegada de quien habría de convertirse en el Cristo, El Redentor, marcó el inicio de la conversión del hombre - animal en humano. La Ley dada por Dios a los hombres a través de los Profetas, los ritos de expiación, limpieza y adoración se integraron al hombre terrestre; fueron convertidos a una forma espiritual que pasó, primero en Jesús, a formar parte integral de la humanidad del hombre. Y de ahí sus palabras: “… No penséis que he venido a abrogar la ley y los profetas, no he venido a abrogar, sino a cumplir… (Mt. 5:17)”, como aquellas otras duras, durísimas para algunos: “… Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto… (Mt. 5:48)”.

Pero volvamos al hecho del nacimiento y el niño. ¿Vino al mundo un Dios en forma humana? La respuesta a esta pregunta obviamente es no, porque Jesús tenía que ser un humano común, ya que de ello dependería el éxito de su misión. ¿Y cuál era esa misión de Jesús en la tierra?

El pecado original del hombre es su desobediencia, muchas veces hemos oído la “pícara” frase de que “lo prohibido es lo más sabroso”, así, el pecado original no es el fruto prohibido, sino la contravención a la prohibición en que incurrió el hombre (en las personas de Adán y Eva) al comer de ese fruto. Al igual que Abraham cuando pretendía rescatar a Lot de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gn. 18: 16 - 33), la parte “humana” de Dios abogaba por el hombre y pedía el perdón por ese pecado original de Adán que desterró a toda su descendencia del Paraíso. Es esa parte humana de Dios (la parte activa: el Verbo, como le llama Juan) la que vino a la tierra para personificarse en Jesús, desposeída de todo rasgo de divinidad, con todas las fortalezas y debilidades humanas para demostrar que se puede ser capaz de amar a Dios, obedecerle y dar la vida por los demás como la máxima demostración de amor posible (1 Cor. 15: 22, 44).

Y este niño Jesús fue amparado por sus padres terrenales, José y María, y criado por ellos a la misma usanza de todos sus congéneres de la época; corrió los mismos peligros de morir que cualquier niño e incluso más, pues estuvo amenazado de muerte por Herodes cuando éste se enteró de su nacimiento, y así la familia huyó a Egipto. Jesús niño era un estudiante aventajado de la Ley Mosaica, escudriñaba la escritura y buscaba la justificación de su existencia, la razón de su ser, sin dejar de estar sujeto a la autoridad de sus padres terrenales, pero ya determinado a cumplir su misión a cualquier costo, así lo vemos en Lucas 2:40, 49 – 52.

Cuando Jesús comparece ante Juan el Bautista, para ser bautizado, éste se sorprende porque a su humilde y humano entender Jesús era superior y encontramos nuevamente: “… Deja ahora, porque así conviene, que cumplamos toda justicia… (Mt. 3:15)”; una vez más la obediencia ante todo.

Habiéndose bautizado Jesús, viene la tentación del Diablo y vemos a un hombre que enfrenta a la maldad con sabiduría y humildad, pero, sobre todas las cosas, demostrando su obediencia a la letra de la Ley. El mal ataca a un Jesús hambriento invitándole a hacer uso de su Poder para convertir piedras en pan, para que se lance a un precipicio y vengan los ángeles a rescatarlo y ofreciéndole los reinos del mundo y la gloria de ellos si le adorase. ¿Tendría sentido que el Diablo intentara provocar o tentar a Dios?

Una necesidad convertida en deseo lacerante, una certeza motivadora de vanidad y una posible duda confrontada con la ambición, la codicia. Y Jesús siempre con la Ley como respuesta, con la palabra escrita… puedo, pero no debo; no como duda, sino como convicción. Y Satanás se alejó por un tiempo (Lc. 4: 13).

En las bodas de Canaán (Caná, según algunos textos) encontramos un cuadro que refleja a un Jesús dubitativo que al ser solicitado por su madre María para resolver la falta de vino en la fiesta, dudando no de su capacidad, sino de la oportunidad, decide satisfacer la petición aparentemente banal y convierte agua en vino de excelente calidad (Jn. 2: 1-11). Acerca de los milagros de Jesús hablaremos en otro tratado.

Más adelante, a lo largo del texto de los cuatro evangelistas apreciamos diferentes facetas o manifestaciones del carácter humano de Jesús y se nos presenta a éste como alguien capaz de enojarse, entristecerse, sorprenderse, bromear, reprender, argumentar, debatir, lamentarse, escuchar, compadecerse, ordenar y, siempre, obedecer.

Poco antes de su muerte Jesús ora a Dios y, en un acto propio de su naturaleza de hombre, le solicita (por tres veces según Mateo y Marcos) que le conceda la posibilidad de no enfrentar su destino; en cada oportunidad, sin embargo, manifiesta su disposición a obedecer lo que el Padre – Dios decida. Ya en este momento la comunidad de Jesús con el Padre es tal, que con toda certeza puede ver y sentir el dolor que se aproxima, lo más natural es el miedo, no a la muerte que Jesús sabe con seguridad habrá de superar; pero sí al dolor (Lc. 22: 43 - 44). Jesús teme también que sus discípulos no estén del todo preparados para la tarea que les ha encomendado, no en vano se destaca el reclamo hacia los discípulos, que no son capaces siquiera de esperarle despiertos mientras Él se encomienda al Padre, y la hermosa oración que Juan transcribe (Jn. 17), que es a la que en parte se refiere en Lucas 22: 31 – 32; porque, precisamente, Jesús sabe que el Diablo ha solicitado su intervención acusando las debilidades de los discípulos.

La humillación a que fue sometido Jesús, las torturas, su crucifixión y muerte como hombre terrenal; no necesitan ser descritas, ni están de alguna manera en duda. Hace aproximadamente dos mil años nació un hombre común que alcanzó con su muerte la divinidad y resucitó para probárnoslo. Un hombre que demostró a Dios que la raza humana puede ser obediente y que, al mismo tiempo, demostró a la raza humana que la Ley de Dios es justa, posible de ser cumplida y necesaria para la salvación del mundo.

El asunto pues, es: Si Jesús pudo ser perfecto, tú también puedes, todo es que decidas hacerlo y sigas su ejemplo. Eso es un buen motivo de celebración. ¡Feliz Navidad!

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