9 dic. 2008

Carlos Martínez Rivas y la literatura rusa: un amor que duró toda la vida

Por Helena Ramos.

Desde hace siglos varios escritores decían que todos los libros en realidad son un solo libro. En el siglo XX algunos teóricos de literatura partían en sus análisis de la premisa que todas las obras literarias, por originales y poderosas que sean, son un intertexto. Estemos de acuerdo o no con estas aseveraciones, no cabe duda de que entre escritos, autores, escuelas y corrientes literarias existen vínculos –a veces sumamente complejos– tanto de índole estética como psicológica.

En varias ocasiones han sido mencionados y examinados los enlazamientos entre la literatura nicaragüense y española, francesa y norteamericana. Menos directas pero también harto patentes son las relaciones con la literatura inglesa y alemana. Las conexiones con otras literaturas latinoamericanas son múltiples y, aunque no hayan sido estudiadas a fondo, también resultan obvias (al menos, en el ámbito de mera existencia).Sin embargo, hasta la fecha no ha sido objeto de investigación la singularísima, entrañable afinidad de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) con la literatura rusa.

Por ahora, ignoramos a qué edad y en qué circunstancias llegó Carlos Martínez a conocer las obras de escritores rusos. Pudo haber sido en secundaria, por recomendación del poeta y sacerdote Ángel Martínez Baigorri (1899-1971), quien impartía en el Colegio Centro América clases de Literatura. Según los testimonios de otros ex educandos del celebérrimo colegio, padre Ángel tenía con Carlos una “intimidad especial, mucha más que con los demás alumnos” y asesoraba las lecturas de su adelantado discípulo. También es posible que el encuentro haya ocurrido después. Quizá, en Costa Rica. Tal vez, en España. En todo caso, ni El paraíso recobrado (1943) ni La insurrección solitaria (1953) contienen indicios directos del contacto con la literatura rusa. Al referirme a “indicios directos”, aludo a elementos que estén más allá de suposiciones o conjeturas. Algo directo, irrefutable, como este poema, escrito en 1973 y estructurado sobre un episodio en apariencia insignificante de la biografía de la poeta rusa Anna Ajmátova (1885-1966). Pertenecía a la corriente literaria autodenominada “acmeísmo” (del griego acmé: cima, punto más elevado); a inicios del siglo XX viajó por Europa y se relacionó con los artistas de Francia e Italia.

Puertas de percepción

Malos hablan Mal.

Buenos hablan Bien.

Zen

Un testimonio personal. Ana

Akhmátova recuerda París:

También conocí a Modigliani2.

Él me llevó por Montmartre.

Para mí lugares increíbles.

Él no los mostraba como tales.

Sino de paso y de costumbre.

La persona más llana y gentil.

No lo vi beber ni olía a alcohol.

Aunque todos decían y me advirtieron:

(Il n’est plus qu’un ivrogne

toujours sentant du vin

et toujours soul):

Ya no es más que un borracho

siempre apestando a vino

y siempre ebrio.

En el manuscrito del poema Carlos Martínez Rivas había indicado, con su puño y letra, que el epígrafe –supuestamente, un aforismo zen– en realidad es de su creación, recalcando la importancia que tenía para él la capacidad de hablar bien (que él mismo no siempre practicó). Por supuesto, no se trata de la finura estilística del discurso, sino de la capacidad de ponderar lo bueno por encima de lo malo: la persona más llana y gentil versus no es más que un borracho. Resulta obvio que Carlos Martínez Rivas no se ubicaba a sí mismo al margen o por encima del Bien y el Mal (cómo entendía él estas categorías, es otra pregunta).

No obstante, me parece que lo más importante de este texto no son las posibles interpretaciones del poema, sino el hecho de valerse de las biografías de otros artistas como materia para la poesía, recurso que CMR había empleado en varias ocasiones. Entonces, aunque el poeta haya manifestado su deseo de “ser olvidado”, creo más justo y equitativo dispensar a su biografía el mismo trato que él dio a las biografías de otros: inquirirla en busca de hitos entrañables y no de pormenores picantes. No hay olvido, pues. Ni siquiera por solicitud personal.

Volviendo a Anna Ajmátova, merece la pena señalar que es una autora bastante traducida al español, incluso por Rafael Alberti (1902-1999), una de las principales figuras de la Generación del 27. Sin embargo, la mayoría de estas traducciones no son ni remotamente equirrítmicas y no reflejan la anochecida y diáfana cadencia de los versos. Carlos Martínez Rivas leía a la poeta rusa en francés, idioma en el cual ella tuvo mejor suerte. En varias ocasiones CMR me pidió que comparara los textos que aparecían en el libro con los originales en ruso y quedó satisfecho al saber que eran, a mi juicio, bastante exactos. La característica que más le atraía en Ajmátova era su capacidad de expresar los sentimientos sin nombrarlos, a través de un conjunto de detalles concretos, tangibles, como, por ejemplo, las clásicas líneas: “Показалось, что много ступеней, а я зналаих только три!” (“Parecía que eran muchos peldaños, mas yo sabía ¡que sólo son tres!”) o el requetecitado “Я на правую руку надела / перчатку с левой руки” (“En la mano derecha puse / el guante de la izquierda”).

Con todo el aprecio que CMR le profesaba a la autora de La manada blanca (nombre de uno de los libros de Ajmátova), no era su predilecta. El poeta ruso más admirado por él fue, sin duda alguna, Alexandr Pushkin (1799-1837), elementos de cuya biografía incorporó en uno de sus poemas más penetrantes y reveladores, escrito a inicios de los 80, que pertenece al poemario “Estatutos de la pobreza y otros asuntos con ella relacionados”:

A quienes no perdieron nada porque nunca tuvieron

Escribir sobre el Hambre,

no poesía de protesta sino de experiencia,

es difícil si no se pasa hambre.

“Escribir en tiniebra es un mester pesado”,

para Berceo.

Escribir sobre el hambre es ardua tarea.

No para César Vallejo

que alguna vez rara sería puso dice

“sobre su mesa un pan tremendo”.

Vallejo ve tremendo ese pan porque comérselo

–para Georgette su mujer y para él– era

quedarse otra vez sin pan: en

impotencia de pan hambre en potencia.

Claro, con una buena cámara, con una Leica,

Puedes fotografiar el hambre.

Se puede dar el testimonio gráfico del hambre.

Niños de la India o de África

que sólo son huesitos y panza.

Las panzas llenas de hambre de que hablaba

Leonel Rugama.

–“¡Qué triste es nuestra Rusia!”, –le decía,

con lágrimas en sus mejillas atezadas,

Alexander Pushkin a Nikolai Gogol

cuando éste le leía en 1836

su manuscrito de “El Inspector”.

Un hombre con un mendrugo de pan seco

en Erythrea bajo los bombardeos.

Una niña atendida de emergencia en cirugía

de guerra, anestesiada, no dormida,

con sondas de hule en su naricita.

En Haití, durante el hambre

de 1975, un niño como tallado

de madera de tan escuálido;

y aquella niña de Vietnam,

la que huye desnuda y quemada

por la carretera de asfalto.

Sin quehacer, sin domicilio, una abuela sin nietos

durmiendo en la abolida New York-Pennsylvania Station.

Gusanos intestinales –como las rosas

en el soneto de Elizabeth Barett– colman el año:

uncinariasis oncocercosis salmonella kálazar...

Parásitos que cantan sólo para ciertas razas.

Y una pareja, marido y mujer, decrépitos,

fotografiados por la Agencia SIPA-PRESS,

“Gótico Tercer Mundo”, con el fondo de desechos:

él, sin dientes: ella el ceño fruncido, adusto.

Pero tan unidos en su dignidad e infortunio

que hasta le da envidia a uno.

A lo que me refiero

cuando le puse título

a este escrito: A QUIENES NO PERDIERON

NADA PORQUE NUNCA TUVIERON.

Eso de las “mejillas atezadas” de Pushkin no es una referencia casual. El poeta era descendiente de africanos, condición que acentuaba su sensibilidad para con los “humillados y agraviados”3. Y la misma sensibilidad –sin ningún regusto a sensiblería o la feble beneficencia– manifiesta éste y otros textos de Carlos Martínez Rivas, incontables veces señalado como amoral o inmoral. Bueno, algunas veces pudo haberlo sido. Pero en este poema asume una clara postura ética, solidaria y beligerante, al lado de un poeta “comprometido” a más no poder: Leonel Rugama (1949-1970).

Pushkin, con todo su desbordante antidogmatismo libertario, tampoco era un artista desvinculado de las luchas políticas de su tiempo. Incluso fue a parar dos veces al exilio por estar ligado a una sociedad secreta que pretendía acabar con el zarismo. Si CMR alguna vez realmente haya sido perezoso de la Historia y de los diarios, no lo fue a inicios de los 80. Eso lo prueban sus versos, tales como “Proposición teológica a un prelado de parte de un feligrés”, “Bienvenido, Monseñor”, etc. Esos poemas cruciales y combativos no aparecen en Infierno de Cielo / y antes y después, una miscelánea compilación publicada por el Instituto Nicaragüense de Cultura en 1999, que recoge una parte de la obra de Carlos Martínez Rivas no incluida en sus otros libros. Y no creo que sea mera coincidencia. Más bien un intento de perpetuar la visión del poeta como un “maldito” situado orgullosamente al margen de todo compromiso ético o político.


Carlos Martínez Rivas había leído y releído la obra de Pushkin, tanto la prosa como la poesía, en inglés y español. Y le gustaba oír esos versos en ruso, por el mero placer de gozar los feéricos recursos de la eufonía pushkiniana.

También conocía su biografía y dedicó a ésta una extensa y afectuosa conferencia, dictada dentro del marco de la presentación del libro de Alejandro Serrano Caldera La utopía posible (1991), que contiene un ensayo sobre Pushkin. Desafortunadamente, la grabación del evento se extravió y el manuscrito, hasta ahora, tampoco ha aparecido. Únicamente las personas que asistieron pueden recordar la emoción que embargaba al poeta mientas narraba la vida de Pushkin con un conocimiento minucioso que no podía ser resultado sino de un profundo estudio y aun más profundo cariño.

Pushkin era una presencia constante en la obra de CMR. Pablo Centeno-Gómez encontró en uno de los índices de Allegro irato un poema –perdido o acaso jamás escrito pero sí concebido por el poeta– con un título bilingüe “Natalia Goncharova o el genio consideré/comme un cocu”. Otra versión se titula “Natalia Go
ncharova y Alexandr Pushkin o el genio considerado un cónyuge (comme un cocu)”. Natalia era esposa de Pushkin, descollante por su belleza aun en la corte del zar Nikolai I donde abundaban beldades, y a veces calificada como nefasta para el poeta. Por cierto, éste fue herido de muerte en un duelo, al batirse con un oficial de origen francés, George d’Anthès, con quien, según las malas lenguas, la escultural Natalie le ponía los cuernos al “sol de la poesía rusa”.

Nadie sabe a ciencia cierta si los rumores tenían fundamento. Asimismo ignoramos la naturaleza exacta de los sentimientos de Natalia hacia su esposo. ¿Se trataba de amor, conveniencia, ternura, resignación o de todo un poco? En lo personal, creo que Goncharova no amaba a Pushkin cuando se casaron pero, igual que Belisa4 en la obra de Federico García Lorca, se enamoró de él mientras su marido se encontraba en transe de muerte.

A CMR, quien presuntamente estaba por encima de cuestiones sexosentimentales propias de boleros o de telenovelas, le intrigaba el asunto. En una ocasión comentó que, a su parecer, Natalie no amaba a Pushkin porque no lo llamaba por el nombre sino por el apellido. Una observación aguda que hubiera sido significativa si se tratara de la época actual; sin embargo, a mediados del siglo XIX las mujeres rusas de alta sociedad solían llamar a sus amados por el apellido, costumbre tiempo ha desaparecida que había quedado plasmada en las obras de varios autores de la época, incluyendo al propio Pushkin. Cuando señalé este detalle a CMR, quedó pensativo, como analizando el hecho. En definitiva, las alegrías y penas amorosas de Pushkin no le eran indiferentes ni las consideraba insignificantes.

Un día antes de que Carlos Martínez Rivas fuera internado en el Hospital Bautista, donde iba a fallecer el 16 de junio del 98, nos encontramos por última vez. El poeta estaba con fuerzas para hablar de literatura. Al mencionar a Pushkin, exclamó con voz cálida que por un instante ha recobrado su potencia: “¡Pushkin! ¡Un genio adorable!”.

Otro autor ruso mencionado en el poema “A quienes no perdieron nada porque nunca tuvieron” es Nikolai Gógol (1809-1852), un narrador dotado de una prodigiosa riqueza estilística. En un, por así decirlo, extremo registral pueden ubicarse sus narraciones refulgentes, fantásticas, calurosas del libro de cuentos Veladas en Dikañka y en el otro, las páginas más desoladas de la novela “Almas muertas” y de la comedia “El inspector”, aquella que hizo llorar a Pushkin...

CMR prefería entre todas las obras de Gógol a Tarás Bulba, una novela corta de vigoroso aliento épico a la vez plena de un turbador lirismo. Aunque es considerada por casas editoriales una lectura apta para adolescentes, tiene una fuerza que desborda los límites etários. Actualmente en Chile existe un círculo de lectores que lleva el nombre del caudillo cosaco, aunque el propio Tarás, de paso sea dicho, era analfabeto...

Aquel mismo día de nuestro postrer encuentro, Carlos Martínez Rivas quiso hablarme de un libro cuyo título de repente se le escapaba. Tampoco se acordaba del nombre del autor. Entonces, exigió que yo condujera su silla de ruedas a la biblioteca, para buscar el volumen. En el camino, de repente lanzó un grito. Me asusté porque prensé que lo había golpeado. Sin embargo, el bramido no era de dolor sino de júbilo: se acordó el nombre del libro. Se trataba precisamente de Tarás Bulba. La elementaria fuerza que emana de esta novela tuvo en CMR un efecto vivificante. Manifestó que no le agradaban los “devaneos místicos” de Gógol tardío, a causa de los cuales el escritor echó al fuego el manuscrito de la segunda parte de Almas muertas.

El general, la lectura –y por ende, los libros– eran para Carlos Martínez Rivas algo orgánico, consustancial a su existencia. Casi biológico. Esa percepción quedó plasmada en un poema donde, además, aparecen dos escritores rusos como supremos referentes: de actitud y de excelencia literaria.

Los libros

– “¡Adiós, amigos míos!”

Expresión de Alejandro Pushkin, mirando

en torno de su estudio a sus libros;

respondiendo así a la pregunta del Dr. Sholtz,

de si deseaba, antes de morir, despedirse

de sus más afectos amigos./St. Petersburgo:

mañana del 29 de enero de 1837.

No es Librería para venderlos.

Tampoco es Biblioteca Pública.

Sus libros “es” la Radiografía de un hombre.

Cada libro, un órgano

indispensable

irremplazable

intransplantable.

Cada uno ejerce una función sinérgica.

Como el hígado segrega bilis

y forma y atesora glicógeno.

El bazo, que no es esencial para la vida,

por alguna razón está ahí,

a la izquierda del estómago,

casi en la punta de la lengua del páncreas;

islotes de Langerhans excretando insulina,

metabolizando los carbohidratos.

La Obra en Dos Tomos inseparables: los riñones,

en incesante ayuda mutua.

No puedes prestar uno sin el otro; ambos, menos.

Si uno, te desajustan; si los dos, la muerte.

(¡Mis dos tomos rojos del “OBLÓMOV” de Goncharov!)

Además de que uno elige sus libros por instinto.

Los que convienen a nuestro ser, a nuestros humores, a

nuestro humor.

No se da el transplante en los libros;

no agarra el injerto en tejido ajeno.

No hay

extracción

ni mutilación

ni transplante

de órganos de un organismo a otro. Lo siento.

1986

En este texto, además de Pushkin, figura Iván Goncharov (1812-1891), un prosista minucioso, sosegado en apariencia, creador de retratos literarios sobrio y clarividente, comparable, en artes plásticas, nada menos que con Diego Velázquez (1599-1660). A diferencia de otros novelistas rusos del siglo XIX, llegó tarde al público extranjero y muchos de sus escritos todavía no han sido traducidos. CMR, prendado de la obra de Goncharov, lamentaba vivamente no poder leer sus otras novelas, Una historia ordinaria y El acantilado (en otras traducciones, menos fieles al espíritu y la letra de los títulos rusos, se denominan Una historia trivial y El abismo). En realidad, la expresión de“lamentar vivamente” no refleja en absoluto la ansiosa angustia del poeta, similar a la causada por hambre o sed.

La presencia de la literatura rusa en el autor de los “Estatutos de la pobreza...” no se circunscribía al ámbito literario. No eran sólo escritores predilectos, (...) al alcance de la mano en su biblioteca, sino amigos. Tal vez, el más íntimo de ellos, Fiódor Dostoievski (1821-1881). Es protocolariamente admirado en todo el mundo, por ser un “clásico universal”, pero, en realidad de verdad, no muchos lectores desean convivir con la trágica densidad, con la conciencia desollada, con la abismalidad de este novelista. Carlos Martínez sí quería su compañía, no por ser insensible a los efectos deletéreos de esta obra insondable sino porque tenía el coraje –y también la compulsión– para encararla y vivirla.

En el denso y cinematográfico poema “El auto-Hamlet” aparecen varios personajes de Dostoievski.

El auto-Hamlet

Un antiguión

Insomnio. No poder dormir, y, sin embargo,

soñar. Ser la auto-pieza

de disección espiritual, el auto-Hamlet”.

R. D., NOCTURNO.

Primer círculo

Bien la viviríamos viviendo sin personajes.

Pero vivimos el día infestados por dentro

como de ratas por Myshkins, Raskolnikov, Karamázovs.

No nos bastó la pesadilla sórdida de nuestras

vidas: temor y temblor. Necesitábamos de esos

esperpentos antihéroes para reconocernos.

Durante el día.

Porque la noche es toda inevitable Hamlet.

Diríase más adecuado Macbeth, por aquello

de: “No podrás dormir, porque has asesinado el sueño”.

Pero tiene que ser Hamlet. Ese

darling de la megalomanía macabra.

El sueño Paramaunt de actores. Su desiderátum.

Desde Sir Laurence Olivier pasando por Monty Clift

James Dean hasta Henry Rivas, ¡protagonizar Hamlet!

Myshkin es el protagonista de El idiota, Raskólnikov, de Crimen y castigo y los Karamázov, de Los hermanos Karamázov, tres novelas mayores de Dostoievski atesoradas por Carlos Martínez Rivas. A primera vista, parece paradójico que estos personajes hayan sido calificados por CMR como antihéroes. Myshkin es una persona diáfana, quijotesca, rebosante de dulzura y bondad. Incluso la gente que lo llama “idiota”, por carecer de malicia y de sentido práctico, siente por él, casi contra la voluntad, una profunda simpatía. No obstante, luego es derrotado por las circunstancias y se convierte en idiota en el sentido clínico de la palabra.

Rodión Raskólnikov, una personalidad a la vez íntegra y desgarrada, también resulta atrayente. Y los Karamázov, a excepción de uno solo, tampoco son esperpentos. Sin embargo, ninguno posee el titanismo renacentista de Hamlet, a quien la recién adquirida conciencia de su individualidad hace aspirar a una tarea colosal de componer un siglo zafado. En cambio, el acendrado individualismo de los personajes de Dostoievski ya se había convertido para ellos en una limitación, en una mazmorra de la cual tratan de salir, las más veces sin conseguirlo. Tal vez, esa diferencia en vivir la individualidad hace que el poeta sienta la necesidad de protagonizar Hamlet (papel activo) y experimente el deseo de no seguir infestado –pasivamente– por los personajes de Dostoievski, con quienes tenía muchísima afinidad. Pero afinidad y admiración no siempre van de la mano. Carlos Martínez Rivas no admiraba a los personajes de Dostoievski ni los consideraba dignos arquetipos de la condición humana sino, como dice el poema, esperpentos y antihéroes.

Los escritores enumerados en este texto no son, ni de cerca, todos aquellos que CMR leía, quería y sufría. Su admiración por la literatura rusa llegaba a tales alturas que una vez dijo: “Quisiera ser un poeta ruso”. ¿Por qué precisamente ruso? Quizás por una causa sombría formulada con hiriente precisión por Anna Ajmátova: “La poesía se toma tan en serio en Rusia que se podía hasta asesinar a un poeta por haberla escrito”. Para Carlos Martínez Rivas, ésta era una buena razón para desear ser un poeta ruso.

1Testimonio de Alejandro Bolaños Geyer.

2Amedeo Modigliani (1884-1920), pintor y escultor italiano.

3Traducción más exacta del título Humillados y ofendidos, novela de Fiódor Dostoievski.

4 Personaje de la pieza de Federico García Lorca (1898-1936) “Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín” (1931).

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