26 nov. 2008

Elecciones de fantasía o la fantasía de las elecciones

Elecciones de fantasía o la fantasía de las elecciones
Onofre Guevara López

Fantasía en dos de sus varias acepciones: capricho y quimera. Para el gobierno como capricho y para el pueblo como quimera. No pienso sólo en los fantásticos resultados electorales, ni sólo en las ilusiones que se le crean a los sectores populares con promesas y cuentos de sirenas (“cuentos de camino” para nosotros). También pienso en la fantástica campaña electoral desplegada por el orteguismo.

Sabemos que el presidente Daniel Ortega no sólo despreció la oportunidad de hacer de su gobierno un aglutinador del consenso político y social –la cual se le concedía pese al escuálido porcentaje electoral obtenido—. Con ello hubiera podido impulsar sin o con menos obstáculos los programas sociales ofrecidos en su campaña. Ya en la presidencia, y cuando aún recibía de la oposición, casi unánimemente, el “beneficio de la duda”, comenzó su cruzada política agresiva con fines eleccionarios, reabriendo, tempranamente, una sajadura mal curada en la historia y la sociedad nicaragüense: el continuismo presidencial.

El “beneficio de la duda”, significaba una especie de tregua, de paz social, sino absoluta, por lo menos para ganar cierta estabilidad política, y así lograr algún consenso en torno a sus programas sociales. Si fuera sincero, hubiera podido autenticar con hechos sus consignas de unidad y reconciliación nacional. Un signo de poca monta, si se quiere, pero novedoso en nuestro medio político, más cerril que cívico, fue la visita de uno de los candidatos derrotados, Eduardo Montealegre, al presidente electo, en reconocimiento de su triunfo.

Fue un primer paso, en falso. No sé en qué momento, pero no pasó mucho tiempo, cuando ya convertido en presidente, Daniel Ortega reanimó un ambiente de hostilidad con un lenguaje prepotente, agresivo, de vieja factura. Y esto coincidió con una serie de arbitrariedades y el flujo de promesas de ayudas y de ayudas inmediatas del gobierno venezolano, de cuyo uso, curso y cantidad aún siguen al margen del presupuesto general de la república. Los nunca ocultos estilos autoritarios y las viejas ambiciones continuistas de Daniel Ortega fueron estimuladas por la colaboración venezolana.

Lo que vino después está aún vigente y es del conocimiento general. Sus políticas han estado más cercanas al autoritarismo sectario que a la práctica de una mínima tolerancia democrática. Junto a esto vino la recurrencia de los abusos, las violaciones constitucionales, las transgresiones a las libertades políticas colectivas e individuales, el irrespeto a cualquiera de las leyes y por último el fraude electoral.

Hubo un factor impulsador de toda la maquinaria orteguista, y ésta fue la propaganda realmente fantasiosa. El gobierno desplegó, aún despliega, una ofensiva propagandística descomunal con todo tipo de consignas, una verdadera colección de ridiculeces y absurdos. La propaganda del orteguismo excedió, y excede, en cantidad, en contenidos, en formas y en dimensiones todos los límites de lo acostumbrado en las campañas electorales burguesas que yo he conocido en muchos años.

Todas juntas, las campañas políticas para las elecciones anteriores no alcanzan a ser ni la mitad de la actual del orteguismo en costos, profusión, intensidad, espacios y tiempos en radio, televisión, vallas y rótulos gigantes en calles, carreteras y edificios públicos. Tres colores dominantes ayudan a los incautos fantasear la realidad: rosado chicha, celeste y amarillo. El objetivo lo tenía preciso: dar la impresión de que en torno al orteguismo están grandes masas apoyándole, de manera que, al producirse el fraude, pareciera lógico el “triunfo” oficialista, tal como ahora trata de hacerlo ver.

Los recursos gastados en la descomunal propaganda orteguista y su objetivo no tendría sentido sin tomar en cuenta sus ejes o mensajes. Estos comienzan presentando a los sandinistas no orteguistas uncidos a la voluntad de los “enemigos del pueblo” de la derecha y el imperialismo, para desestabilizar con odio de clase al “gobierno revolucionario que lucha por los pobres”. La oposición en su conjunto está compuesta de “traidores”, “agentes del imperialismo” y en el lenguaje orteguista le caben todos los adjetivos que peor puedan pintar a los malvados de toda calaña.

El gobierno es todo lo contrario: “poder ciudadano”, “el pueblo presidente”, “los pobres en el poder”. Y en medio de tanta idiotez, salta un galimatías: dice “cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios”, y si el “pueblo es presidente” se está sirviendo a sí mismo. Autoerigiéndose en autoridad eclesial de su propia religión, crea premios y castigos en nombre de Dios: “Cuidado con la ira santa… cuidado con la falta de Dios”. “Gracias a Dios, ganamos”, “Dios es amor, el pueblo está con Dios”. Siendo Daniel el “Pueblo presidente”, Dios está con él, y siendo la “voz del pueblo la voz de Dios”, cuando habla el “Pueblo presidente, habla por Dios”. Demencia, mesianismo, franquismo y “socialismo”, una pócima política propia para envenenar conciencias.

La manipulación de la religiosidad el orteguismo la ejecuta regando imágenes de la Virgen María en las rotondas y haciendo obras en el nombre de Dios. Luego viene su “amor” por los “pobres del mundo”, por los niños de nuestros pobres con un programa de asistencia “Amor”; todo el “amor”, combinado a la perfección con su amor por el dinero y el bienestar material, el que un gobierno de gran amor por los pobres no puede dejar exclusivamente en manos de la “burguesía traidora”.

El escenario para desplegar las virtudes de tanto “amor” es adornado para dar la impresión de vivir una florida felicidad, en camino florido hacia un futuro “socialista”. Por ahora, se ocupa de fabricar un ámbito artificial en el entorno nacional, queriendo borrar las huellas del fraude y legitimar “la gran victoria” electoral.

Dentro de la colección de sus fantasías, el gobierno orteguista anuncia que sus programas, sus realizaciones –mínimas o medianas— y por supuesto que sus barbaridades políticas, son ejecutadas por y a favor de “los pobres”. Pero hay una relación matemática entre el crecimiento de las riquezas personales de los líderes del orteguismo con el crecimiento del abuso del recurso político de utilizar a los pobres como el objeto principal de sus esfuerzos.

En medio de su parafernalia propagandística y violenta, el orteguismo revela un cálculo cínico: no esperó acrecentar su voto cautivo, sino asegurarlo. Sus pasos fueron en contra de adversarios e indiferentes: atosigar hasta el cansancio con su propaganda para no estimular el voto, reducir la participación de partidos, ahuyentar de las urnas con el terror institucional y físico, y, en caso del voto mayoritario en contra, robárselo de cualquier forma. Todo estuvo fríamente calculado.

En suma, si su propaganda se quedara sólo en el “amor” de mentira y el odio de verdad, sería un asunto ideológico burdo y ridículo más. Su dimensión dramática, de pesadilla, la adquiere en las calles y carreteras. Con palos, piedras y morteros han sustituido la argumentación política, cuyas consecuencias se podrían convertir en actos de mayor intolerancia, hasta llegar a emparentarse, aún más, con un régimen político fascista bajo un falso ropaje de izquierda.

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