10 sept. 2008

El penitente de León (Tomado del Diario La Prensa):

León arde esta mañana de agosto. Las calles de la ciudad colonial vibran con sus comercios abiertos, con parlantes enormes de donde salen estrepitosos reggaetones para atraer clientela. Los vendedores ambulantes gritan sus productos, los cambistas mueven sus fajos de billetes verdes y azules, mostrando al viento los rostros de Benjamín Franklin y Rubén Darío; y los eskimeros y vendedores de raspados ofrecen sus fríos productos sonando las campanitas de sus carretas —tin tin tin, tin tin tin—, como la salvación a una mañana sofocante, caliente, sudorosa.

Óscar Vargas ha salido de su casa, recién bañado, vestido con una camisola negra y un buzo gris a cuadros para recorrer las calles calientes de León. Va a trabajar, a sudar como condenado embutido en una sotana negra que le cubre desde la cabeza hasta los pies, y a cargar una pesada cruz, la de su penitencia, que no es más que la dictadura en la que, según este actor de teatro, se está convirtiendo el gobierno del presidente Daniel Ortega.

“El penitente” es el personaje de Vargas y León es su escenario. Esta mañana llega hasta la sede del Movimiento Renovador Sandinista —una vieja casona pintada de naranja y negro—, donde Vargas se despoja de la camiseta y el buzo y se transforma. Prepara los dos troncos (que él “salvó” de ser sacrificados por las llamas del fogón de su casa) que amarra del centro con cadenas hasta formar la cruz con la leyenda “Dictadura FSLN”. Al pie de la cruz, amarradas con cadenas, van dos viejas cazuelas y una bacinilla. En los tres utensilios se leen las palabras hambre, violador y dictadura.

Al reggaetón y los gritos de los comerciantes de las calles estrechas de León se suman el trac, trac, trac, que hacen las cazuelas de Vargas al ser arrastradas por el pavimento. El hombre va con su cruz, su sotana negra y su máscara blanca de cera que le cuece la cara por el calor y el sudor. No habla, sólo camina a paso lento, sorteando los vehículos, que le pitan para que se aparte, aguantando el sopor que esta mañana hace que las vendedoras de frutas se refugien en las sombras de los parques o se abaniquen con viejos pañuelos, que además sirven para enjugar las gotas de sudor que se resbalan por la cara. Vargas se detiene en cada esquina, como lo haría la “Carreta Nagua” que tanto pavor les genera a los leoneses, y muestra las leyendas de sus “herramientas de trabajo”.

Óscar Vargas es un hombre de 40 años, delgado y firme, con un cuerpo que él trabaja todos los días desde muy temprano cuando sale a correr siete kilómetros diarios y luego regresa a este cuartucho de paredes de cartón, que él ha construido en el fondo de la casa de sus padres, a hacer ejercicios. Es su refugio. Es su taller. Es su gimnasio. Es la cueva donde Vargas ejercita los músculos y su mente, donde escribe poemas que luego pega en las paredes y diseña personajes y donde se ahoga en los recuerdos de un pasado que le duele por lejano y de unos sueños que son su único aliento. Eso dice él, que pasa aquí días sin comer porque no tiene trabajo y porque no sabe hacer nada más que actuar.

Vargas, cuando era un adolescente, estuvo en Cuba. Allá, dice, lo enviaron para prepararse como militar. Dice que estudió en una academia en la que coincidió con Rafael Narváez Murillo, el hijo adoptivo de Daniel Ortega. Ambos jóvenes se escapaban de la academia para vagar por las calles de La Habana, una ciudad que les ofrecía placer a cambio de plata, o de cualquier lujo para la realidad cubana, como un reloj o incluso cigarros o pasta de dientes.

“Yo fui el que le buscó su primera mujer a Payo”, dice Vargas, sentado en un extremo de su cama, de ésas con resortes que hacen chirrín, chirrín, cuando uno se mueve.

Pero Vargas no quería aprender nada que tuviera que ver con hacer la guerra; lo suyo era actuar. Se hizo el loco en la academia, por lo que tres especialistas tuvieron que examinarlo para saber qué tan cuerdo estaba. Dos lo encontraron “normal”, pero una siquiatra, al ver que el muchacho se ponía su traje militar de gala, con quepis y todo, y se echaba al lodo a chapotear, pensó que estaba totalmente loco y así lo dictaminó en su informe.

Entonces regresó a Nicaragua, estudió sociología sin terminar la carrera y se dedicó a trabajar en lo que quería, la actuación. Formó parte de grupos de teatro, se metió en empresas teatrales que terminaron por celos entre los miembros o mala administración. Viajó por todo el país, visitó Francia, Holanda. Y conoció mujeres, muchas mujeres, aclara Vargas. Mujeres de todas las nacionalidades, pero europeas principalmente, porque ellas son más abiertas a aceptar sus excentricidades (acostarse con ellas disfrazado de árabe, por ejemplo). Vargas dice que se llevó a la cama —“sin exagerar”— hasta 370 mujeres, cuyos nombres y fotos él guardaba en un cuaderno azul, que dice se le perdió cuando en 1998 las lluvias del huracán Mitch inundaron su cuarto.

“Me gustan mucho las mujeres, me gusta tener mujer, pero no las puedo mantener”, dice riendo.

La mamá de Vargas es una señora de baja estatura, pelo pintado en castaño y mirada dulce. Es una mujer católica, que persigna a su hijo todas las mañanas cuando sale de casa. No le reprocha que no tenga trabajo ni que salga a las calles vestido como loco, cargando una cruz y arriesgándose a que lo insulten y golpeen. “Es su decisión. Eso le gusta a él”, dice doña Graciela González, que esta mañana llora de miedo, miedo a que le maten a éste su hijo, dice. “Yo soy muy nerviosa, soy llorona. No me gusta que ande mucho por las calles, en la noche”, dice enjugándose las lágrimas con sus manos. “Él nunca ha tenido la oportunidad, hasta ahí ha llegado”, agrega la señora de 67 años, encogiéndose de hombros. “Le digo que busque un trabajo, pero usted sabe que León es pobre. Ahí se ha quedado, viendo qué hace”, agrega.

—El dice que ha tenido bastantes mujeres, ¿es cierto? —se le pregunta.

—Como él anda en la calle... Yo le he conocido algunas, pero... —responde ella.

—¿Algunas? —exclama Óscar.

—¿Han sido todas extranjeras? —se le pregunta.

—Ha tenido ahí unas chelas —responde doña Graciela.

—¿Y usted cómo se llevaba con ellas?

—Pues como me venían a visitar... pues... bien —dice.

Hace seis meses Óscar se volvió simpatizante del MRS. Dice que si a este partido no lo hubiera inhibido el Consejo Supremo Electoral, “se lleva en el saco” a los otros partidos y gana la Alcaldía leonesa. Óscar no tiene plata ni trabajo por lo que su apoyo al partido es precisamente su talento como actor. Cansado de pedir ayuda a las autoridades locales para desarrollar sus personajes, decidió poner su talento al servicio de la política, porque “a veces el arte se une a la política con un objetivo”, dice.

El MRS lo ha acogido y a cambio de un plato de comida Óscar lleva su mensaje por toda la ciudad, sin decir una palabra. “Es un compañero más, un afiliado”, dice Nicolás Palacios, representante legal del MRS en León. ¿Le dan algún tipo de ayuda? “No. Aquí sobrevivimos con bonos que vendemos, no tenemos recursos”, explica. ¿Y si le pasa algo? “Él es atrevido, pasa por lugares céntricos donde lo agreden. Ya le hemos dicho que tenga cuidado, la Policía también se lo ha dicho”, agrega.

Pero Óscar no hace caso. Ésta es su misión, un mensaje que debe llevar callado, de cuadra en cuadra, para despertar a una sociedad que él considera dormida. Un mensaje, dice, contra las arbitrariedades, el hambre y el desempleo.

Se quita su buzo y camisola, arregla sus cruces y viejas cacerolas, se pone la máscara que no le permite ver bien y le cuece la cara y sale a la calle con andar pausado, como Jesucristo en pleno vía crucis, haciendo estaciones en las esquinas.

“¡Buscá qué hacer, no andés de payaso!”, le grita un hombre enfurecido al verlo caminar cerca de la universidad. “¡Andás alborotando a la gente”, dice otro. “¿Y a ése, qué le pasa?”, pregunta una mujer que mira con asombro a Óscar.

Los carros suenan sus pitos, la gente sale de sus oficinas, de su comercio, los vendedores le dan palmadas en la espalda, lo saludan. Un vendedor de discos pirata le dice que le va a ayudar con la cruz. Otros se ríen, le gritan. Pero Óscar sigue su camino, deteniéndose de cuando en cuando, tratando de respirar debajo de la sofocante máscara.

Al llegar al centro de la ciudad un hombre se le acerca y le grita, otros, animados por el primero, se unen a los reclamos: “¡A este maje le están pagando bien!”, “¡Andá trabajá, andá trabajá!”, “¡Hay que echarlo preso!”, “¡Vago, vago!”, “¿Cuál dictadura? ¡Fue elegido por el pueblo!” Un hombre moreno y recio se le acerca y le patea las cacerolas, otro lo empuja y uno más trata de arrancarle la máscara. Óscar sigue su camino y se detiene en el atrio de la iglesia, se quita la máscara y se echa a llorar. Llama la atención de los transeúntes, que en este mediodía sofocante, se acercan abanicándose hasta este tipo raro que llora como niño.

“¿Por qué llora? ¿Por qué protesta? ¡No llore! ¡Siga la lucha, oígame, siga!”, dice un joven moreno, alto, que ha tomado por el hombro a Óscar. “Si la voz del pueblo no se escucha nunca va a pasar nada. Aquí hay libertad de expresión, ¡siga adelante!”, agrega el joven. “¡Nada de llorar, vamos, levántese!”, le dice otra mujer que ha venido de hacer las compras del mercado, ubicado detrás de Catedral.

Un policía se acerca a la escena y después de apartar a los curiosos le dice a Óscar, hablándole con cariño: “Somos un país libre. Si uno de ésos se te acerca, lo hubiera golpeado. Venía detrás de vos para que no te golpeara. Ésos son unos fanáticos, mejor no pasés por donde están ellos”.

Las palabras de ánimo mejoran el semblante de Óscar, quien se coloca de nuevo la máscara y sigue su camino. Le da vuelta a Catedral, hasta llegar de nuevo a la sede del MRS, donde, llorando de nuevo, se sienta en una de las aceras. “¡Este maje tiene huevos. Sos un huevón, seguí así!”, le dice un muchacho que lo ve así, sentado, llorando.

—Óscar, ¿por qué hacés esto? Es incomprensible. La gente te humilla.

—Me humillaría más si no me hicieran caso. Cuando me vociferan y golpean, me siento más vivo —responde.

—¿Y cuánto vas a soportar?

—No lo sé. Cada vez que hacés algo es por algo. Estoy en contra de no estar haciendo algo —dice.

—¿Y creés que esto va ayudar?

—Ésta es mi única arma, el teatro. Me podrán hacer lo que sea, pero sé que con esto les hago daño. Sé que levanto a la gente de alguna forma —responde.

Óscar no quisiera estar aquí sentado, ni pasearse cargando una cruz por esta ciudad caliente, ni depender de la ayuda que le puedan dar en el partido (que se limita a un plato de comida en el almuerzo); sino que quisiera formar una escuela de teatro, formar a niños en el teatro.

“Sólo quiero hacer teatro y que me dejen en paz”, dice, viendo su máscara blanca.

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