23 dic. 2007

Víctor Rosales, un nica ejemplar:


Este reportaje del El Nuevo Diario, nos hace recordar que aún existen personas que desde su condición humana hacen la diferencia en este convulsionado mundo actual. Es esperanzador y edificante en estos días de crisis moral en que nos vemos sumergidos.


Emprendedor nato con un corazón de oro

Santa Claus sí existe: se llama Víctor Rosales

** Un frustrado viaje a EU lo convirtió en una especie de Midas de lo que producía y vendía

** Desde cigarrillos en los semáforos hasta pequeña pero floreciente empresa que dirige

** Pero en todo acto de su vida lo acompañó el dolor de los niños pobres, y por eso dedica parte de su vida a aterrizar en las chimeneas de los más necesitados

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Foto
Xavier Castro / END .- Víctor Rosales Duarte en su “Polo Norte”, con los juguetes para los niños pobres.
Como una de esas páginas Web, la biografía no tan virtual de Víctor Rosales Duarte todavía está en construcción en la gran red de la vida. Por el momento encontramos esto: una retahíla que todavía hoy no pierde el cantadito de rap de los que hacen el día en las calles: “Vendía en el 89, EL NUEVO DIARIO, La Prensa, Semana Cómica, mentolito, chicles cigarros, caramelos…”.

Para llegar a ser el Santa Claus Nica, Víctor sufrió --¿o gozó?-- casi de una metamorfosis de alguien, que no teniendo más “alas” que unos paquetes de cigarrillos con esa desaparecida marca, empezó a volar en busca de las oportunidades que podrían estar ahí, quizás inadvertidas para algunos, al punto de desarrollar el sentido del remate de los boxeadores natos cuando saben localizar la debilidad de su adversario para elevarse a la gloria.

Vendedor, técnico farmacéutico, pequeño empresario, este hombre que ahora aparece en los medios de difusión, caminaba desde El Camino de Oriente, a las cuatro de la tarde, hasta el Mirador Tiscapa, en una faena que culminaba a las dos de la mañana.


Nada que ver con el barbudo vestido de rojo

La vida del Santa Nica no se parece a la del gordo ataviado de rojo, porque no dispone de nieve ni de trineo, sino de un trópico donde el Sol pega con su temperatura de fiebre. Y mientras el personaje del comercio parece un guardián bonachón de las tiendas y los grandes almacenes, el nicaragüense entrega sus juguetes sin que los padres gasten un centavo.

En tanto la casa de uno se encuentra en el Polo Norte, de acuerdo con un anuncio comercial que se popularizó en el siglo XIX, la del Santa pinolero se halla en el barrio La Fuente, Managua, donde la mitad de la sala se ha convertido en estos días en una bodega de juguetes. Mientras el primero dicen que baja por las chimeneas de hermosas mansiones cubiertas de nieve, Víctor llega a ranchos de comunidades que no aparecen ni en los mapas.

Si se pudiera comprimir su biografía, sin pasarla en limpio, así, utilizando sólo el sudor de su vida para escribirla, aquí se la damos:

“Siempre vendí en las calles porque me ha gustado. Fui técnico farmacéutico en el Hospital “Vélez Paiz”. Ahí me agarró el Servicio Militar, lo cumplí, me dediqué a vender, y para irme a México compré seis hamacas en millones de córdobas, y aunque se dio el cambio de moneda (la Operación Bertha, del 14 de febrero de 1988, cuando el gobierno sacó de circulación los billetes resellados con múltiples ceros) no perdieron valor y más bien se volvieron más caras.

“Las vendí al precio del nuevo córdoba que me ayudó para conseguir los 360 dólares que costaba el boleto. Iba en busca de Estados Unidos. Cuando estuve en el Distrito Federal me hacía falta mucho mi mamá. Lloré por ella y me regresé. Apenas me habían quedado 50 dólares y compré 10 cartones de cigarros, dos bolsas de bombón y una caja de chicles. Con eso empecé mi capital hasta lo que tengo hoy”.

El estreno de un traje

En un sofá de la vivienda de Santa, hay un traje nuevo del personaje que encarna. De hecho, Víctor Rosales parece humanizar más a esa leyenda de neón y lujosos escaparates. Es el único Santa Claus que se fue la semana pasada a estrenar la vistosa vestimenta no en uno de estos opulentos templos del mercado, sino en el botadero de desperdicios más grande de Centroamérica.

En ese proceso de conversión, entre aquel Víctor que se fue en 1988, tras “el sueño americano”, porque “quería cambiar mi vida para el bien de mi familia”, y lo que ahora es, parece haber un destino que pareció escogerlo él mismo, antes que dejarse llevar por el viento del no-puedo.

¿Y al regreso de Guatemala, qué hiciste?

Me puse a vender de nuevo en Camino de Oriente. Desde el 88 hasta ahora, sigo vendiendo. Después de los cigarros recogí ganancias de 500 dólares. Fui a Guatemala a comprar mercadería, y de esos 500 le sacaba otros 500 dólares. Con esas ganancias comencé a regalarles a niños.

El “vuelo” madrugador
No fue al Incae ni a ninguna escuela de negocios, pero Víctor Rosales siempre busca el vuelo oportuno aunque fuera de madrugada, y desde ahí poder ver dónde “aterrizaba” mejor: guardar lugar en las filas que se hacían al final de la década de los 80 en las casas de cambio autorizadas. Eran los días cuando escaseaban los dólares.

“Esos lugares --todavía antes de la conversión del córdoba-- los vendía a 50 ó 60 mil pesos resellados”. El Banco Central le agregaba los ceros necesarios a antiguos billetes de 10, 20, 50 córdobas. Él lograba por una amistad conseguir órdenes para entrar a la llamada Diplotienda, donde sólo se podía comprar en dólares, y de ahí sacaba cartones de cigarrillos que luego vendía en El Oriental.

¿Tu idea era ser tu propio patrón?

Mi idea no fue soñar alto. La pobreza que viví nunca me hizo pensar nada. Mi mamá siempre garantizaba la comida, hacía enchiladas, y yo iba a venderla a los ríos cuando era un chavalo. Por ejemplo, iba a La Pila Santa, de Unidad de Propósitos. Ahí, en un ceibón grande, colgaba de un clavo las bolsas de enchiladas y me metía al agua. Cuando alguien decía “enchiladas”, salía en carrera a venderlas.

Ya más grande, fui al “Oscar Perezcassar” a vender, chocolate, cigarros y hasta ropa fiada, y aumenté mi capital.

Los primeros regalos

En 1990 comenzó su idea de dar juguetes a los niños sin posibilidades de conseguir un regalo en diciembre. Fueron 12 muchachitos a los que él vio un 25 de diciembre sin nada, mientras los que podían, jugaban alegres. Aquella escena lo conmovió, porque también miró ahí su propia imagen cuando su mamá le hacía una pregunta sin muchas respuestas: ¿Qué querés, ropa o juguetes? En el 91 alcanzó con su esfuerzo a 50 niños, al siguiente año amplió a 750, luego pasó a mil 500, y ahora son 12 mil niños y en diferentes departamentos.

Ahora es difícil ver que este hombre ande vendiendo, sobre todo cuando se aprecia que ha luchado para que su vida no quedara encerrada en un círculo, sino extenderla en espiral. Un segundo cuadro para colgar en la sala de su casa, cuya sombra protege a su camioneta doble cabina, es éste:

“Al ponerse mala la mercadería, porque la gente viajaba a Guatemala a inicios de los 90, me puse a vender raspadita (lotería de premios en efectivo, vehículos y electrodomésticos). Era carne de vaca en los primeros días que salió. Sacaba 20 cartones de raspadita y en 30 minutos me ganaba 75 córdobas por billete; es decir, por 20 me ganaba en media hora mil 500 córdobas.

“Empecé a recoger para componer mi casa, ayudar a mi mamá, conseguir para la comida, e iba guardando para los juguetes del próximo año”.

Recuadro
Los peluches, la vanidad
y la fábrica de placas
Al enfriarse la fiebre de la raspadita, Víctor Rosales pensó que la oportunidad estaba en la venta de peluches. Voló a Guatemala, de donde importó miles de osos pandas. Los “realizó”, y cuando se acabó “la temporada de peluches” notó que entraba, de repente, la moda de la vanidad: “empecé a vender espejos. Todo eso lo vendí al crédito”.

Como todo en la vida, también decayó esa venta cuando aparecieron negociantes con camionetas que distribuían espejos. Un día llegó a su casa un vendedor ofreciéndole una placa con su nombre y un “Dios bendiga a este hogar”.

“Se me vino la idea de las placas metálicas, agarré su viaje, su forma de vender y me ha dando bastante plata. Las fabrico por encargo desde el Presidente hasta de la Unión Europea, el Minsa, etc.”.

Pero además de las placas, Víctor Rosales también elabora rótulos. “Tengo ocho años en esto”, afirma el Santa.

Has enfrentado la vida conforme a las oportunidades. ¿Tienes olfato para detectar dónde está la carnita?

Lo de las placas comenzó con un vendedor que me quería reventar, dándomela a 500 córdobas. Le dije que era muy cara. Me dio la idea de que podía vender, experimenté y anduve ofreciendo el producto y la gente me agarraba. El vendedor me daba en tanto precio y yo la daba en otro. Al darme cuenta de que era buena la venta me fui a buscar a los dueños, y ahí fue que pensé en establecer un taller. Ahora tengo tres talleres, con tres o cuatro personas por unidad.

Ah, y otro de rótulos con soldadores y pintores.

---Recuadro---
El Santa… ¿Un empresario? ¿Te sientes empresario?

No, soy micro. Lo bueno es que en este país dicen que estamos mal, pero yo pienso que estamos mal si queremos nosotros. Pienso que aunque el trabajo está difícil, si querés trabajar trabajas. Un vende agua helada llega de 9 a 2 de la tarde y se lleva de 80 a 120 córdobas diarios. Si querés salir adelante hay que luchar, el trabajo no va a llegar a tu casa sólo porque vos querés.

Mucho creen que tengo ayuda de gobiernos, de gente de otros lados, pero no la tengo. Hasta ahora viajé a Miami donde cuento con el apoyo de la familia Chavarría, que leyó EL NUEVO DIARIO donde aparezco con Miss Nicaragua, y se animaron en apoyarme con los niños de La Chureca. Cuento con el apoyo de Marta Sacasa, de Roberto Mercado, de Felipe Caldera, de Vladimir Delagnau, de Manuel Ignacio Lacayo, y del general retirado Joaquín Cuadra. Me ayudan sin necesidad de que les pida. Yo digo, no importa la cantidad que den, sino la voluntad, y gracia a Dios que esta gente ha creído en mí.

¿Cómo ves a Víctor Rosales?

Me describo con diferentes fallas, que a veces cuando me las dice mi familia quedo pensando que debo mejorar, tratar bien al necesitado. Alguien de mi familia me dijo que debo ser sincero y no engañar a la gente. No me gusta que me den una cartita. Yo si tengo la posibilidad ayudo, y si no puedo, yo no le doy esperanzas diciéndole que vuelva otro día. No tengo presupuesto. De mis ganancias, si gano 2 mil aparto 200, de 20 córdobas, aparto dos.

Si sos hombre conocido, ¿no sería mejor forma ayudar a la gente desde una curul en el Parlamento, con una carrera política?

He sentido que sin presupuesto he hecho mucho, he visitado todo el país. Para ir a San Carlos es horrible atravesar el camino desde Acoyapa, y luego meterse a las comarcas donde ves a los niños descalzos. Creo que sin necesidad de haber sido diputado, he estado haciendo mucho. No necesito ser millonario ni diputado para ayudar a la gente. Sólo le pido a Dios que me dé salud y trabajo, porque así haré más y más.

Quizás haya más páginas para el Santa, el nicaragüense que un día comprobó que era mejor practicar la regla de oro del cristianismo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, todo el año, que rezarla únicamente los domingos. “Me alegro cuando un niño toma un juguete con alegría cuando no esperaba a Santa Claus. Y dicen que ese Santa es de mentira, pero yo soy el Santa Claus de verdad que da a cambio de nada”.

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