26 nov. 2007

La higa:

Se conoce como higa el gesto que se hace con la mano al colocar el dedo pulgar entre el índice y el cordial, en Nicaragua a este gesto se le conoce como "guatusa" y tiene una doble connotación, la primera de ellas de tipo sexual reflejando la penetración o coito, en tanto la segunda acepción comprende una mentira o hipocresía. Así, se conoce como guatusera a una persona hipócrita o mentirosa, generalmente se dice de los políticos o de las personas que actúan de manera distinta a la que proclaman (de doble moral, por ejemplo).

Algunas personas creen que cuando alguien te habla y mantiene sus manos en los bolsillos está haciendo la guatusa (higa) para engañarte, en Nicaragua es por ello de mal gusto hablar de esa manera ya que provoca la incredulidad de tu interlocutor; igual que cuando el que habla contigo no te ve a los ojos o no mantiene la mirada.

Mientras preparaba un post traté inútilmente de encontrar alguna imagen gráfica de la higa, aunque en alguno de mis libros de infancia recuerdo haber visto un boceto de Alberto Durero que trataré de reproducir (si lo encuentro). De momento, mientras termino el post y encuentro el dibujo, dejo a continuación un texto que me pareció divertido e ilustrador acerca del propio tema de la higa:

Glosa maleva de la higa

«La cultura mediterránea sabía que los recién nacidos, apenas cruzado con éxito el puente de la vida, hacían la higa como señal de triunfo ante los peligros pasados»
03.09.07 -
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La higa no es la mujer del higo, ni mucho menos su compañera sentimental; nunca lo ha sido ni nunca ha pretendido serlo. Tampoco debe la higa confundirse con la breva, esa que proverbialmente decimos que no caerá.

«De higos a brevas» es expresión que indica algo que sucede de tarde en tarde; pero, la verdad, esta observación no viene mucho al caso, porque estamos tratando de la higa y no de las brevas ni de los higos. No obstante, a la hora de hacer distingos, quizá valga recordar que los higos, igual que las brevas, son producto de la madre naturaleza, mientras que la higa es algo que cada uno puede hacer por su cuenta. Casi, casi, podríamos decir que la higa es un producto manufacturado, porque precisamente se hace con la mano. Con una de ellas o con las dos al mismo tiempo, que tanto da.

Según antiquísimas observaciones llevadas a cabo por las comadronas, los más entendidos en eso de hacer la higa son los recién nacidos que, ya sea por instinto o por ciencia infusa, lo traen aprendido ya desde la misma sección de embalaje.

¿Qué cómo hacen los recién nacidos esa higa que podría ser llamada primordial? Pues cerrando el puño y sacando la punta del pulgar por entre el dedo índice y el cordial. Es un gesto tan sencillo y espontáneo como los reflejos de succión y de aprehensión que tanto valoran los perinatólogos como signo de la normalidad del neonato.

Muchos siglos antes de que Churchill, don Winston, enseñase al mundo la forma de celebrar las victorias anglosajones con los dedos de la mano plegados, salvo el índice y el cordial que permanecen extendidos y formando una V, la cultura mediterránea sabía que los recién nacidos, apenas cruzado con éxito el puente de la vida, hacían la higa como señal de triunfo ante los peligros pasados.

Esto es como si los bebitos, aferrándose a sus propios puños antes incluso que a los pechos nutricios, quisiesen decir con ese gesto lo que no podían expresar todavía con palabras: «aquí estoy porque he venido, y he venido aquí para quedarme. ¿A ver quién es el osado, médico o arrancatripas que trata de expulsarme de este pícaro mundo después de la ordalía que he tenido que pasar para plantarme en él! Y antes de que nadie se atreva a darme un empujón con intención de hacerme retroceder, me adelanto yo para retarlo: ¿Toma, hideputa, si puedes, de esta higa!» Y entonces el pequeñuelo sacaba el pulgarcito por entre el dedito de señalar y el dedito del corazón y ponía las cosas en su sitio. ¿Imagínenselo no más!

Los judíos, que creían que el hombre nace de voluntad de varón, y los griegos que veían en el falo el signo de la vida igual que ciertos hindúes de ahora en el lingam, pensaron con toda sencillez que la higa que hacían los recién nacidos era ni más ni menos que la representación del órgano de la masculinidad en toda la magnificencia de sus dos sobrios badajos y de su ambiciosas elevaciones, tan en contraste de cooperación y ensamblaje con todos esos «entrantes, salientes, agujeros y endijones,» que gentes tan señaladas como los de Utebo cantan del cuerpo femenino, cuando en la jota alusiva lo comparan a un costal de melones.

Así que el gesto triunfal del neonato fue ante todo interpretado como un rotundo, retador y amenazante gesto masculino. Y que nadie me venga con melindres ni escrúpulos, diciendo como solía Chiquito de la Calzada que son «porquerías sesuales» o que son una muestra del peor de los machismos, porque esa higa primigenia ha pasado incluso a la literatura ascética a través de la recomendación de santa Teresa de Avila que, si nunca se paró en barras, tampoco iba a pararse en higas cuando hubiera que mandar al mismísimo Diablo a freír espárragos que es lo que debía hacer en vez de ir por allí sembrando las tentaciones, las mociones, las obsesiones y las posesiones de que se vale para destruir en el hombre la imagen de Dios.

De ser gesto manual que simbolizaba la emergente fuerza de la vida, la higa pasó a ser objeto protector que, juntamente con medallitas y cascabeles, se ponía en una cadena sobre el hombro derecho o a la cintura de los niños que comenzaban a andar. Se puede ver esto en muchos cuadros infantiles que se exhiben en las paredes de los museos y de las casas de quienes se pueden todavía dar el lujo sublime de coleccionar cosas bellas.

Con el correr de los siglos, el varón fue perdiendo prestigio y con esta pérdida la higa entró también en franca decadencia, de modo que se vino a convertir en la medida del poco valor en expresiones como «no vale una higa» o «no doy una higa» o «me importa una higa.»

Y así, pasito a pasito, se ha venido a parar a la situación actual donde, desaparecida del habla popular la palabra higa y olvidados los antiguos y honrosos nombre de virote, varón, vara, viril, vaqueta, e incluso cipote, el honrado órgano masculino ha venido a ser el blanco preferido de nombres irrisorios como «pito», «pitillo» y hasta «pitilín», que quizá correspondan a nuevas y menguadas realidades pero que, repetidos insistentemente a los niños desde su más tierna infancia, y de labios de sus propias madres, minan para siempre la moral del varoncillo que, para llegar a empinarse necesitará de los más crudos y brutales estímulos y se verá, con el tiempo y la repetida coña, empujado, como es notorio, a cambiar de acera cuanto antes o a optar por la violencia compensatoria de la cual ya no podrá escapar sino a través de ese tipo de crimen que los cursis de última generación llaman «de género»

En los siglos en los cuales la corona española tuvo grandes contactos con Italia, arribó a nuestras costas de mano de los soldados con licencia, la costumbre de hacer la higa «al itálico modo», o sea, extendiendo el dedo medio y encogiendo los demás. Es ésta una versión grandilocuente, fachenda y pseudos-culta del conocido gesto que, no obstante carecer de la espontaneidad de la primera primigenia, ha logrado prevalecer hasta ahora en el uso social amparándose en la tendencia panhispánica a parecer extranjeros.

La higa primigenia, como símbolo de la buena suerte o como imprecisa expresión de deseos ocultos, se puede ver todavía colgada de collares y pulseras como pequeña figura labrada en azabache, en coral o en ámbar. También las hay de cristal de roca y de ébano. Las mejores higas de España son de azabache, las hacen en Santiago de Compostela y las venden a los turistas curiosos y a los fervientes adeptos en las tiendas de la Plaza de la Azabachería. La próxima vez que vaya a Galicia me traeré una higa.

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