22 oct. 2007

La imagen del Ché Guevara:

Tengo una muy apreciada amiga que no comparte conmigo mis opiniones acerca del Ché Guevara, talvez el asunto se plantearía mejor si comprendiésemos que en el devenir de los tiempos, los hombres pasan y las ideas quedan. El Ché no era un Dios, no era perfecto, era un hombre de carne y hueso que seguramente cometía errores, más o menos graves.

Algunos detractores afirman que el Ché fue un asesino, un loco, un irresponsable, qué se yo que otros epítetos más. El asunto es que siempre se han referido de esa manera de todos aquellos que han intentado por las armas la liberación de sus respectivos pueblos. Sandino fue llamado bandolero en su época y una vez alcanzada la victoria fue asesinado vilmente por el creador y origen de la Dinastía Somoza en Nicaragua, ese primer Somoza fue Presidente y gran amigo de los Estados Unidos de Norteamérica... la historia ha reivindicado con creces el verdadero valor de Sandino, aquel hombre sencillo que de su tierra no pedía más que el lugar donde habría de ser enterrado... cuando Sandino logró su objetivo de desalojar al invasor no buscó recompensas, regalías o puestos en el Gobierno.

Durante la guerra de Sandino se puso de moda el "corte de chaleco" (entiendo que inicialmente lo utilizaron los soldados norteamericanos para aterrorizar a los campesinos que apoyaban a Sandino), los Sandinistas aterrorizaban a los marines aplicándoles una sopa de su propio chocolate, ¿Sería justo llamarles asesinos?

En una guerra si no matas te matan, ese es el chiste... que si la guerra es el mejor método... discutible... mi amiga ahora mismo enfrenta ese dilema y si va a la guerra tendrá que matar o morir y si mata... ¿Será acaso considerada asesina?... Nuevamente es la historia la que nos lo dirá.

En todo caso aquí dejo un breve historial que demuestra la calidad del autor del reportaje que más abajo publico (tomado del El Nuevo Diario), incluso a mí me parece excesiva la reverencia que hace a la imagen del Ché... ¿Quién soy yo para juzgar a tan insigne escritor?
  • Beca de Honor de la Residencia de Estudiantes de la Universidad Carlos III (Madrid, España)
  • Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (Francia)
  • Comendador de la Orden Militar de Santiago de Espada (Portugal)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid (España)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Brasilia (Brasil)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Castilla-La Mancha (España)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de El Salvador ( El Salvador)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Costa Rica
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Manchester (Reino Unido)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sevilla (España)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad de Turín (Italia)
  • Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia (21 de enero de 1999)
  • Gran Premio de Teatro, de la Associação Portuguesa de Escritores
  • Grande Premio de Romance e Novela (da Associação Portuguesa de Escritores), 1991 (Evangelio según Jesucristo).
  • Miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras
  • Miembro de la Academia Europea de Yuste (Yuste, España)
  • Miembro de la Academia Universal de las Culturas (París)
  • Miembro del Parlamento Internacional de Escritores (Estrasburgo)
  • Miembro del Patronato de Honra de la Fundación César Manrique (Lanzarote, Canarias)
  • Miembro honoris causa del Consejo del Instituto de Filosofía del Derecho y de Estudios Histórico-Políticos de la Universidad de Pisa (Italia)
  • Premio Luís de Camões, 1995.
  • Premio Arzobispo Juan de San Clemente (Santiago de Compostela)
  • Premio Brancatti (Zafferana, Italia), 1992 (Ensayo sobre la ceguera).
  • Prémio Camões (1995)
  • Premio Cidade de Lisboa, 1980 (Levantado del suelo).
  • Premio de Consagração de Carreira da Sociedade Portuguesa de Autores, 1995.
  • Premio de la Crítica (de la Associação Portuguesa de Críticos), 1985 (El año de la muerte de Ricardo Reis).
  • Premio Dom Dinis (Fundação da Casa de Mateus), 1986 (El año de la muerte de Ricardo Reis).
  • Premio Ennio Ennio Flaiano (Italia), 1992 (Levantado del suelo).
  • Premio Europeu de Comunicació "Jordi Xifra Heras" (Gerona)
  • Premio Grinzane - Cavour (Alba, Italia), 1987 (El año de la muerte de Ricardo Reis).
  • Premio Literario Internacional Mondello (Palermo, Italia), 1992 (Ensayo sobre la ceguera).
  • Premio Literario Municipio de Lisboa, 1983 (Memorial del convento).
  • Premio Literario Municipio de Lisboa
  • Premio Nobel de Literatura (8 de octubre de 1998).
  • Premio Pen Club portugués, 1983 (Memorial del convento).
  • Premio Pen Club, 1985 (El año de la muerte de Ricardo Reis).
  • Premio Penne (Mosca, Penne, Italia)
  • Premio Rosalía de Castro (Vigo)
  • Premio Scanno (Universidad Gabriele d'Annunzio, Chieti)
  • Premio Vida Literária de la Associação Portuguesa de Escritores, 1993.
  • Socio Honorario de la Sociedad Portuguesa de Autores (Lisboa)
  • The Independent Foreign Fiction Award (Inglaterra), 1993 (El año de la muerte de Ricardo Reis).
  • Hijo Predilecto de Andalucía, 2007.
Así pues, dejo el reportaje de José Saramago, para consideración de mi apreciada amiga y tuya, querido lector:

Breve meditación sobre un retrato de Che Guevara

No importa qué retrato. Uno cualquiera: serio, sonriendo, arma en mano, con Fidel o sin Fidel, diciendo un discurso en las Naciones Unidas, o muerto, con el torso desnudo y ojos entreabiertos, como si del otro lado de la vida todavía quisiera acompañar el rastro del mundo que tuvo que dejar, como si no se resignase a ignorar para siempre los caminos de las infinitas criaturas que estaban por nacer. Sobre cada una de estas imágenes se podría reflexionar profusamente, de un modo lírico o de un modo dramático, con la objetividad prosaica del historiador o simplemente como quien se dispone a hablar del amigo que descubre haber perdido porque no lo llegó a conocer...


Al Portugal infeliz y amordazado de Salazar y de Caetano llegó un día el retrato clandestino de Ernesto Che Guevara, el más célebre de todos, aquel hecho con manchas fuertes de negro y rojo, que se convirtió en la imagen universal de los sueños revolucionarios del mundo, promesa de victorias, a tal punto fértiles que nunca habrían de degenerar en rutinas ni en escepticismos, antes darían lugar a otros muchos triunfos, el del bien sobre el mal, el de lo justo sobre lo inicuo, el de la libertad sobre la necesidad. Enmarcado o fijo a la pared por medios precarios, ese retrato estuvo presente en debates políticos apasionados en la tierra portuguesa, exaltó argumentos, atenuó desánimos, arrulló esperanzas. Fue visto como un Cristo que hubiese descendido de la cruz para descrucificar a la humanidad, como un ser dotado de poderes absolutos que fuera capaz de extraer de una piedra con que se mataría toda la sed, y de transformar esa misma agua en el vino con que se bebería el esplendor de la vida. Y todo esto era cierto porque el retrato de Che Guevara fue, a los ojos de millones de personas, el retrato de la dignidad suprema del ser humano.

Pero fue también usado como adorno incongruente en muchas casas de la pequeña y de la media burguesía intelectual portuguesa, para cuyos integrantes las ideologías políticas de afirmación socialista no pasaban de un mero capricho coyuntural, forma supuestamente arriesgada de ocupar ocios mentales, frivolidad mundana que no pudo resistir al primer choque de la realidad, cuando los hechos vinieron a exigir el cumplimiento de las palabras. Entonces, el retrato del Che Guevara, testimonio, primero, de tantos inflamados anuncios de compromiso y de acción futura, juez, ahora, del miedo encubierto, de la renuncia cobarde o de la traición abierta, fue retirado de las paredes, escondido, en, la mejor hipótesis, el fondo de un armario, o radicalmente destruido, como se quisiera hacer con algo que hubiese sido motivo de vergüenza.

Una de las lecciones políticas más instructivas, en los tiempos de hoy, sería saber lo que piensan de sí mismos esos millares y millares de hombres y mujeres que en todo el mundo tuvieron algún día el retrato de Che Guevara a la cabecera de la cama, o enfrente de la mesa de trabajo, o en la sala donde recibían a los amigos, y que ahora sonríen por haber creído o fingido creer. Algunos dirían que la vida cambió, que Che Guevara, al perder su guerra, nos hizo perder la nuestra, y por tanto era inútil echarse a llorar, como un niño a quien se le ha derramado la leche. Otros confesarían que se dejaron envolver por una moda del tiempo, la misma que hizo crecer barbas y alargar las melenas, como si la revolución fuera una cuestión de peluqueros. Los más honestos reconocerían que el corazón les duele, que sienten en el movimiento perpetuo de un remordimiento, como si su verdadera vida hubiese suspendido el curso y ahora les preguntase, obsesivamente, adonde piensan ir sin ideales ni esperanza, sin una idea de futuro que dé algún sentido al presente.

Che Guevara, si tal se puede decir, ya existía antes de haber nacido, Che Guevara, si tal se puede afirmar, continúa existiendo después de haber muerto. Porque Che Guevara es sólo el otro nombre de lo que hay de más justo y digno en el espíritu humano. Lo que tantas veces vive adormecido dentro de nosotros. Lo que debemos despertar para conocer y conocemos, para agregar el paso humilde de cada uno al camino de todos.

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